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Reportajes

Cantabria, posibilidades turísticas… casi infinitas

14 Agosto 2009por Jesús Barbero

Página 7 de 10 de Cantabria, posibilidades turísticas… casi infinitas

Bajando Picos de Europa

Bajando Picos de Europa

Un poco más arriba el teleférico llega a su destino y vuelve al valle a por más visitantes, hasta completar una veintena como máximo por viaje, aunque hoy no subirán muchos porque el día, visto desde abajo, no anima a ello. Desde la terraza del refugio, se le ve desaparecer en caída picada en un campo de nubes de algodón que no dejan ni un mísero hueco a la visión más allá de su blancura. Sin embargo, aunque hoy no sea posible la imagen del fondo de la zona, preñada de valles, praderas, senderos, vías fluviales, elevaciones en la cordillera de diferente consideración (hasta casi los 2.600 metros de altitud), flores, encinas, robles, hayas y hasta animales de diversas especies que van y vienen, una recreación digna de no olvidar, como aseguran quienes en alguna ocasión han podido disfrutarla, lo cierto es que el claro y soleado día permite asimismo deleitarse con la fotografía que ofrecen las alturas: un pasaje casi lunar a un lado, aunque según se va descendiendo aparecen salpicaduras verdes y algunos caballos correteando entre ellas, cumbres al otro que siguen trepando, neveros pese al calor de julio en muchas de ellas, picos de piedra que aparecen en el mar de algodón que forman las nubes por debajo de nosotros, la continuación de la cordillera allí enfrente, donde acaban las nubes bajas, y quietud y serenidad como efecto de una inmersión total con la naturaleza.

Es un mundo radicalmente distinto al de las playas de ayer sobre el Cantábrico… y sin embargo seguimos estando a menos de media hora en automóvil. Se puede caer ensimismado en la contemplación, sentirse pro encima del mundo y pasarse horas extasiado, pero hay mucho que ver hoy todavía, así que, en vez de utilizar de nuevo para descender el teleférico o un “todoterreno”, único vehículo que permite trepar hasta donde estamos, nos animamos a bajar a pié por alguno de los caminos y senderos que vemos desde el horizonte pintados sobre al tierra. Son apenas un par de horas hasta el más cercano pueblo, pero el paisaje merece el pequeño esfuerzo, sobre todo si, a mitad de camino, una pequeña cafetería bien surtida nos permite un reconfortante refrigerio.

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