
Memorias de un operador de Bolsa
En estos tiempos de crisis en que los mercados financieros han sido parte muy decisiva en la coyuntura económica global y en los que las Bolsas siguen jugando un papel preponderante, la presente obra, editada por primera vez en 1923 en Estados Unidos, donde fue un clásico, y reeditada ahora por Deusto en nuestro país, ofrece toda una guía, si no para hacerse rico jugando en los parquets, sí al menos para no caer en sus peligros y moverse con una cierta seguridad en ellos.
Intentando novelar parte de la biografía de Jesse Livermore, uno de los mayores especuladores bursátiles de todos los tiempos y que tuvo su mayor esplendor en el cruce de los siglos XIX y XX, el autor del libro, un ingeniero de Minas venido en realidad a periodista siguiendo su verdadera vocación, recorre algunas de las andanzas de Livermore mediante la figura ficticia de Larry Livingston, protagonista de esta novela a caballo entre la realidad (sobre todo) y la ficción.
Cuenta y no para sobre costumbres, soplos, ardides de directivos y empresarios para hacer subir o bajar sus valores, actuaciones a seguir (por empresarios y también por operadores bursátiles) en tiempos de crisis, o de bonanza, etc. Todo ello narrado en primera persona por el personaje, que además, con un estilo vivo y directo, no deja de dar de manera continua nombres de compañías, personas, precios, lugares, etc. Una sugestiva combinación de biografía, crónica social y disección financiera.
El autor, redactor y cronista financiero de algunos de los principales rotativos de aquella época (también llevó a cabo diversos intentos como inversor), vuelve a ahondar, como en anteriores libros de su firma, en la cuestión bursátil, en la que era una avezado experto, aprovechando ahora, gracias al deambular del personaje protagonista que narra su propia experiencia, para avanzar diversas teorías, consejos y modos de actuación en los mercados bursátiles.
Quizás sus ideas no sean hoy del todo válidas, pues se fundamentan en unos modos y modelos de mercados de valores (los de los días de Jesse Levermore) hoy quizás muy superados por unas técnicas, unos modos y una globalidad en nada parecidos a los de entonces, lo que hace también que los comportamientos y los resortes de actuación sean ahora quizás también distintos y, por tanto, tal vez no válidos en la actualidad.
En cualquier caso, es evidente que algunas de las lecciones a entresacar del libro (existe una completa relación de consejos para los aspirantes a operadores de Bolsa) pueden constituir enseñanzas válidas siempre para cualquiera que pretenda operar en Bolsa y garantizarse un cierto éxito. Entre ellas, la vida de este especulador parece demostrar que: hay circunstancias que, sistemáticamente, hacen subir o bajar los valores; que se dan con frecuencia comportamientos que responden en muchas de las ocasiones a mecanismos, independientemente de cualquier movimiento especulador; que hay mecanismos por encima de cualquier razón o testimonio; que se pueden crear, en definitiva, mediante artificios y maquinaciones, compras o ventas planificadas, generar un interés fuera de lógica por un valor, etc.
Considera el autor que el especulador auténtico no compra por invertir, sino por obtener una rentabilidad clara, y eso le lleva a actuaciones de todo tipo. No obstante, también considera que, para intentar obtener una rentabilidad adecuada, es precio olvidarse muchas veces de todo eso y tener una cierta psicología de mercado. O experiencia. El personaje, que, en sus inversiones, no se guiaba nunca por el propio negocio, sino por otras circunstancias, acaba su relato afirmando que, en cualquier caso, “no existen atajos que lleven al éxito en Bolsa”. Cree, más bien, que la experiencia, como se suele decir, es todo grado. Pero es una experiencia que también le demuestra que nadie puede ganar siempre en Bolsa.
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