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Verdad y posverdad en el mundo empresarial

Por   /   22 septiembre, 2017  /   Sin Comentarios

Por José Enebral Fernández, Consultor senior.

 

En esta sociedad de la información y la comunicación, se diría que la verdad se ve cada día más disfrazada, que se la somete a piruetas dialécticas que la desdibujan, que es troceada al gusto, y en definitiva, que se la aleja de los hechos para aproximarla al interés de quien la difunde, o al de la audiencia a quien se dirige; además, se acude a menudo a la ambigüedad y a retóricas demagógicas. Verdad y posverdad, de PixabayLlevamos todo ello con cierta resignación y aun se diría, en general y si el lector asiente, que somos más receptivos cuando la verdad nos conviene o gusta, y que nuestro nivel de exigencia resulta en general modesto.

Quizá todos habríamos de valorar más la verdad y la sinceridad como elementos básicos de la convivencia en sociedad, y tendríamos que rechazar desde luego la denominada “posverdad”, tan manejada por algunos políticos. Así habría de ser aunque, en nuestra vida personal cotidiana, el asunto es complejo: cada circunstancia es singular y a veces resulta, sí, moralmente adecuado transformar u ocultar la verdad. Aquí encaja lo de la mentira piadosa y, desde luego, la moral abre también, en cada caso, oportuno espacio a las virtudes sociales y la inteligencia interpersonal. No, no parece siempre reprobable dejar a un lado la verdad pura en la vida personal-social.

Quizá parece que cuando se oculta o altera la verdad se hace más frecuentemente de mala fe, en defensa de intereses particulares, ajenos al respeto al prójimo y al bien común; no obstante, cada caso es único: tiene sus singularidades. Y también conviene recordar aquí que, ante los mismos hechos, parecen caber diferentes percepciones, y no siempre surge ahí la ciencia para decirnos lo que es y lo que no es. La verdad se nos escapa a veces, sí, al observar las realidades con nuestros filtros perceptuales.

Para mayor complejidad, en ocasiones parece sacralizarse el concepto, hacerle objeto de altísima veneración, y uno ya se pierde en el significado: unas veces hablamos, sí, de casos concretos y otras, de la verdad en abstracto. La concreta casuística diaria es muy amplia, y las cosas son ciertas, falsas, opinables, interpretables…; podemos, además, decir lo que pensamos sin ánimo de engaño, y estar rotundamente equivocados. Pero sí, a veces y en efecto, parecemos invocar una verdad algo abstracta, acaso situada entre lo sagrado y lo supremo.

Al respecto y por ejemplo, hace varios años y dentro de la literatura del management, topé con esta frase (repetida en diferentes documentos de distintos autores) incluida en la descripción de un modelo propuesto (Dirección por Hábitos) para la dirección de personas: “En sentido estricto, el trabajo consiste en que la persona conquiste la verdad de sí misma en sus acciones, y, paralelamente, el bien pleno para sí misma, con su conducta: vivir la verdad sobre el bien realizado en cada acto, y la realización del bien subordinado a la verdad sobre su propio ser”. Con o sin contexto, no supe interpretar esto; pero parece que se daba a la verdad altísima importancia.

Este siguiente ejemplo (también con alto concepto de la verdad) se entenderá mejor. Y es que en más reciente vivencia personal, me vi prometiendo que defendería “a toda costa” la verdad (también la vida y la libertad) “con un compromiso social, político y económico”. Fue en un colegio religioso de Madrid y se trataba de una promesa neoestatutaria de la Asociación de Antiguos Alumnos. Cuando más tarde pude reflexionar con detenimiento sobre el texto (que también nos llevaba a combatir la injusticia o la indiferencia, y ser “sal de la tierra y luz del mundo”), me pareció que debía haber declinado tal exigencia promisoria: no me veía yo queriendo llevar razón “a toda costa”.

Sí, a veces parecemos valorar mucho la verdad como concepto, aunque luego, en general y de manera consciente o inconsciente, de buena o mala fe y al margen de equivocaciones que sin duda todos cometemos, se la maneja a conveniencia. Cabe aludir aquí a engaños, falacias, hipocresía, ambigüedad, cinismo, mentiras, delirios, inferencias sesgadas, inducción de conclusiones, demagogia, adulteraciones y otras artes manipuladoras que forman parte de la vida cotidiana.

En esa línea, dentro del mundo empresarial —enfoquémoslo ya, que ahí quería llegar— y sin ir más lejos, uno detecta cierta tendencia a adulterar o redefinir sonoros términos… Llamó mi atención hace años el hecho (muy celebrado, por cierto, en destacados ambientes propios de directivos) de tomar el concepto de integridad y alejarlo de la moral y la ética, para dejarlo reducido a mantener la palabra dada mientras se pueda, o a la mera coherencia de actuar de modo a acorde con lo que se piensa, se siente y se dice. Tal como entendí entonces la idea, “felizmente” se podía ser íntegro y corrupto a la vez; sin embargo, y si uno acude al diccionario, habría de rechazarse tal alteración semántica de la integridad.

Este desdibujar conceptos parece extenderse, asimismo y con frecuencia, a la calidad, la profesionalidad, la innovación, el talento, el liderazgo, la estrategia, la competencia profesional… Sin deseo de generalizar, hay autores que despliegan particulares teorías sobre estas etiquetas (“buzzwords”), y parecen hacerlo con gran atención a las expectativas de sus clientes o lectores, y no tanto al rigor o la precisión. Por ejemplo, percibí extenderse el “meme” de que “el líder es aquel que consigue que la gente quiera hacer lo que tiene que hacer”. Además de cuestionable por otros motivos, me pareció una visión poco exigente del directivo-líder, como de mero moderno capataz.

También leí, en un libro bastante difundido entre directivos, que gestionar personas (“lidiar con humanos”, se llegaba a decir) resultaba complicado porque “tienen edad, sexo y carácter”, que esta gestión venía a consistir, básicamente, en gestionar incompetentes, y que “con estos bueyes hay que arar”. Se insistía en ello y también me pareció que se estaba desdibujando la verdad. Podrá haber incompetencia en algunos subordinados, como puede asimismo haber casos en que se haga realidad el “Principio de Peter”. En definitiva, uno acaba barruntando que lo de la “posverdad” no es solamente cosa de políticos, no, y que florece en no pocas organizaciones.

Pero hay que llevar ya esta reflexión al empeño y habilidad en la búsqueda de la verdad y la evitación del error. No basta con ser sinceros y precisos: en lo posible, hemos de asegurarnos de estar en lo cierto, a veces mediante una sintópica consolidación de las informaciones que nos llegan. Estamos rodeados de información que no siempre resulta inteligible ni confiable; además, la interpretamos a nuestra manera, en función de nuestros modelos mentales, inteligencia, conocimiento, experiencia, cultura, intereses… En definitiva y aunque no podamos ser plenamente objetivos, no dejemos de intentarlo y dotémonos de la precisa destreza informacional y buena dosis de pensamiento crítico bien entendido.

Una de las situaciones —por extender la reflexión sólo un poco más— en que el error podría hacerse fuerte viene dada por el sociocentrismo. A él aludimos (por no hablar del egocentrismo) porque conlleva el riesgo de ver las cosas de manera muy particular e interesada; de filtrar la realidad y quedarse con lo que más conviene al grupo. Entre los miembros podría producirse un recíproco fortalecimiento de creencias y valores acorde con los intereses comunes, y ello puede constituir un obstáculo para el saludable funcionamiento de la razón y la percepción. Quienes forman parte de determinados grupos (profesionales, religiosos, de activismo diverso…) no siempre parecen conscientes de su singular visión de las realidades externas.

Y dejémoslo aquí, que ya habrá topado el lector con ideas matizables o cuestionables, y podrá iniciar su propia reflexión, más detenida y mejor orientada. Uno insistiría en que hemos de poner todos más empeño en dar con la verdad y hacer luego el mejor uso de ella en beneficio de todos; pero, al menos y desde luego, no nos empeñemos en ver las cosas a nuestra manera y pensar que es la más acertada.

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Sobre el autor

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