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Puentes derrumbados en el acceso a la auténtica Cultura

Por   /   25 marzo, 2013  /   Sin Comentarios

javier garcia gibert escritorPor Javier García Gibert, Escritor valenciano autor, entre otros, del libro “Sobre el viejo humanismo. Exposición y defensa de una tradición”.

Todo es claro y computable ahora: hay millones de parados, millones de euros en las cuentas secretas de ciertos pájaros de “cuello blanco”, millones de pruebas de las corruptelas políticas que han vaciado las arcas del Estado. Pero ¿qué había antes de esta crisis económica?: ¿un mundo feliz?

Es muy mala esta crisis, muy mala, pero lo peor es que encubre otras crisis (morales, intelectuales, espirituales) y lo pésimo es que, cuando aquélla pase –que pasará sin duda-, esas otras crisis –que en último término la han desencadenado- seguirán existiendo con la misma pertinacia y con la misma indiferencia por parte de todos con que existían antes. ¿Aspirará la gente a ser virtuosa, luchará con esfuerzo por conocerse a sí misma, tendrá el anhelo de echar su espíritu a volar y, libre de miedos, pensar por cuenta propia? No padre. Cuando este desastre económico pase, ¿querremos sentirnos dignos de ser felices en vez de creernos con el derecho a serlo por natal decreto como sucedía hasta ahora? No padre. Y, por otro lado: ¿dejaremos de votar y confiar en los políticos que, de un color u otro, llevan en el sueldo la necesidad de mentir? No padre. Todo va a seguir igual. Y la crisis maldita no habrá servido de nada.

Qué gran oportunidad sería ésta para volver los ojos al gran tesoro de la tradición humanística, que sigue ahí para quien quiera disfrutarla, ligeramente oculto, eso sí, por la trivialísima sobreabundancia de la información actual. Esa tradición de belleza, inteligencia y sabiduría que está en mentes filosóficas, artísticas, espirituales de todos los tiempos (Platón, Séneca, San Agustín, Dante, Cervantes, Shakespeare, Kierkegaard, Dostoievski….) constituye lo mejor que ha dado el ser humano a lo largo de la historia y sólo cuesta el precio de querer tenerla, no pudiendo nadie arrebatártela, por cierto, una vez la tienes.

Esa tradición es, por añadidura, la mejor medicina, fortalecedora y ennoblecedora para superar todas las crisis y podría ser un descubrimiento fantástico para los jóvenes desmoralizados de nuestros días, si fueran capaces de acceder a ella. Pero me temo que ha sido tan grave el destrozo de los tiempos, y en especial de la (des)educación criminal de las últimas décadas, que cada día que pasa se hace más insalvable la dificultad de acceso a ese tesoro por parte de las nuevas generaciones. Muchas causas podrían explicar esta dificultad (entre ellas, desde luego, la boba inmediatez de los medios sociales de comunicación de masas, que inhabilitan con su rapidez maniática la capacidad de concentración imprescindible para adquirir, en el terreno que sea, contenidos verdaderamente fuertes y profundos). Pero si tuviéramos que aventurar, al margen de estos graves condicionamientos mediáticos, las causas de esa dificultad, creo que podríamos remitirlas a un par de criterios: uno de orden ético y otro de carácter cultural.

En lo que se refiere al primero, hay una quiebra indudable en el reconocimiento de los valores sobre los que la cultura humanística se sustentaba: el valor, por ejemplo, del honor, de la nobleza, de la ejemplaridad, del empeño de la palabra dada. Me contaba un amigo, profesor de secundaria, que hace poco hizo leer a sus alumnos –qué atrevimiento- la “Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa”, una bella novela morisca del XVI. En este relato un noble musulmán cae preso en manos de un no menos noble caballero cristiano. Éste advierte que una nube de aflicción ensombrece la estoica entereza de su prisionero y le pregunta por la causa. El moro le confiesa que en un breve plazo debía reunirse con su amada Jarifa, después de un largo y azaroso período de separación, y que, al haber caído preso, ya no podrá acudir a la cita. El cristiano, compasivo, le ofrece tres días de libertad para que pueda entrevistarse con ella, al término de los cuales deberá volver a su cautiverio. El moro acepta agradecido y cumple, por supuesto, con la promesa dada. El final del relato no hace ahora al caso -acaba, por supuesto, de la mejor manera-, pero lo cierto es que la opinión unánime de los estudiantes fue censurar la historia por absurda e inverosímil: ¿cómo era el capitán cristiano tan ingenuo para fiarse de la historia o la palabra del desconocido prisionero, y, sobre todo, cómo era éste tan estúpido de volver a manos de su captor una vez conseguida la libertad?

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Sobre el autor

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