Cargando...
Estás aquí:  Inicio  >  Opinión  >  Economía/ Entorno social  >  Artículo actual

Juan Mulet, Director General de Fundación Cotec: “El espíritu de innovación, clave para la recuperación”

Por   /   8 abril, 2015  /   Sin Comentarios

Por Pedro A. Muñoz.

Las cifras que arroja el último análisis de la Fundación Cotec sobre la situación de la I+D+i en España y su evolución a partir del comienzo de la crisis (2008) muestran una constante tendencia a la baja, hecho que contrasta fuertemente con las de los principales países de nuestro entorno. Y muy especialmente con las de Alemania y Francia, que en este campo no han dejado de crecer desde 2009 hasta 2013, con unos incrementos anuales medios del 4,42% y del 2,82%, respectivamente.

Juan Mulet, de CotecLo cierto es que, tras años de aumentos en el gasto total de I+D, la llegada de la crisis provocó un cambio de tendencia en nuestro país, y desde luego los datos correspondientes a 2013 no son nada halagüeños, pues limitan los gastos en esa partida a 13.012 millones de euros, es decir, el 1,24% del PIB nacional, lo que representa un descenso del 2,8% respecto al año anterior (13.392 millones de euros, el 1,27% de nuestro PIB), alejándonos  cada vez más del 2% de media de la UE y situándonos casi a nuestros niveles de 2007.

Por ello, no sorprende que Juan Mulet, director general de la Fundación Cotec, cuya misión es precisamente contribuir al desarrollo mediante el fomento de la innovación tecnológica en la empresa y en la sociedad española, advierta preocupado: “Esta evolución negativa, y la consecuente pérdida de capacidad de I+D+i, hará más difícil que España aborde la reindustrialización que exige el mercado global y el fomento del emprendimiento capaz de generar alto valor añadido”.

Reindustrialización y emprendimiento, con la generación de empleo como objetivo básico, son conceptos que sí, están constantemente en boca de administraciones y políticos, pero no se advierten políticas concretas al respecto. Nadie discute que son elementos decisivos para intentar superar el crítico momento que vivimos, y sin embargo, los porcentajes dedicados a  investigación y desarrollo, que pueden constituirse en elementos dinamizadores de nuestra economía, no llevan visos de una mejora sustancial. En este marco, y pese a que la percepción de ciudadanos y políticos coincide en la importancia de la I+D como motor de progreso, los recursos casi no se materializan y cada año los fondos públicos acumulan nuevos descensos, recortándose subvenciones, becas o financiación de centros de investigación, entre otras medidas, con los lógicos resultados.

Ya el pasado 24 de noviembre, en el acto del 75 aniversario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el rey Felipe VI advirtió que España no puede darse el lujo de preparar a jóvenes investigadores “para que salgan al extranjero sin retorno posible” debido “a una tasa de paro inaceptable”.

Y es que las cifras de emigración de gente joven preparada (pero que trabajará en lo que sea) y la fuga de cerebros alcanzan límites preocupantes. Recientemente, el INE recordaba que España ha perdido 11.000 investigadores desde 2010; tema sobre el que Antón Losada, analista de la Cadena SER, viene siendo categórico: “Estamos echando a los investigadores y científicos de España. Les negamos el desarrollo de sus conocimientos y capacidades, que es una de las fórmulas para salir de la crisis, no el ladrillo”. Para Jordi Bascompe, uno de los dos científicos españoles que forman parte del Comité Editorial de la revista Science, “la situación es grave y viene de lejos. No se trata de algo coyuntural debido a la crisis, que también afecta, sino que son las restricciones burocráticas y los mecanismos anticuados los que impiden a la ciencia española competir en el exterior”.

La situación parece clara. En un mundo en el que las innovaciones y la I+D son las mejores cartas que España puede jugar para recuperar parte de una industria emigrada y generar nuevas perspectivas en este sentido, para generar una sólida capacidad de respuesta a los desafíos del mercado, ¿dónde estamos?, ¿cómo hemos llegado a esta situación?

Juan Mulet mantiene una interesante conversación con  Nuevaempresa.com sobre algunos de estos temas.

“Parece que nos hemos olvidado que hace un par de décadas se optó por implementar unas políticas económicas que establecieron el abandono de buena parte de la política industrial. Teóricamente, íbamos a ser un país de servicios; eso sí, de alto valor añadido. Simplificando un poco, nos dedicaríamos a crear, a gestionar, iniciativas difíciles, cuyos productos se fabricarían después por ahí. ¿Resultados? Hemos visto y comprobado que cuando se implanta una política de desindustrialización, los trabajadores y empresas de los países donde se localizan las industrias aprenden rápidamente y comienzan a innovar también. De modo que esto de los servicios de valor añadido no se mantiene. Esto es lo que ha sucedido y ahora habrá que centrarse en la búsqueda de soluciones”, reflexiona el director general de la Fundación Cotec.

“Además”, agrega, “ya lo he dicho más de una vez: es un hecho que aquellos países que han deslocalizado su fabricación no sólo pierden su capacidad manufacturera, sino que en muy pocos años pierden sus competencias para desarrollar nuevos productos y servicios y, en consecuencia, difícilmente mantienen su modelo económico y social”.

Mulet suele recordar un artículo de Nathan Rosenberg titulado “Cuán exógena es la ciencia”, recogido en su libro “Inside the black box” (1982), donde este profesor y economista formulaba un planteamiento drástico y  sencillo: “Los economistas han tratado, durante mucho tiempo, los fenómenos tecnológicos como hechos que acontecen dentro de una caja negra (…) Los profesionales de la economía se han adherido, de forma bastante estricta, a la norma autoimpuesta de no averiguar demasiado en serio lo que sucede dentro de la caja». Y al respecto reflexiona Mulet que era esa “una visión que se correspondía -y en muchos casos se corresponde aún– a la relación entre ciencia e industria, ya que hasta aquellos momentos se consideraba que en el campo económico la ciencia era algo totalmente exógeno. Estaban quienes creaban ciencia y sólo después venía la economía a aprovecharla. Es decir, que la economía no influía en la ciencia, pero ésta sí que tenía consecuencias para la economía. Por lo tanto, no había que preocuparse, pues la ciencia influiría en el desarrollo económico”.

“Por ello” –añade -, “Rosenberg planteó que uno de los rasgos centrales de las industrias de alta tecnología era el nuevo modelo en el que se desarrollaban. El progreso tecnológico identifica, en formas no ambiguas, las orientaciones de la nueva investigación científica, ofreciendo así un alto potencial de retorno». Con lo que el proceso de industrialización transforma la ciencia en una actividad cada vez más endógena, al aumentar su dependencia de la tecnología. De esta manera, las consideraciones tecnológicas son el determinante principal de la asignación de los recursos científicos. Un modelo prometedor para comprender los avances científicos es el que combina la `lógica´ del progreso científico con la consideración de los costes y de las remuneraciones que fluyen de la vida diaria y que están vinculados a la ciencia a través de la tecnología. 

– P.A.M: ¿Conclusión?

– J. Mulet: “A principios de los Años 80, Rosenberg comprobó y demostró lo que ya era evidente a finales de la Segunda Guerra Mundial: en los entornos que funcionaban de forma eficaz, había unos científicos que producían tecnología y, simultáneamente, unas unidades de producción que les planteaban los problemas que encontraban  en su quehacer diario. Es lo que se llama ahora los `flujos de Rosenberg´. Un flujo de tecnología, un flujo de dinero y un flujo de problemas que interactúan todos ellos entre sí. Sin embargo, y por las razones que sean, esto aún no se entiende del todo aquí. Y seguimos con avances mínimos en I+D, al menos estadísticamente”. 

– P.A.M: A juzgar por los hechos, a la hora de plantear políticas o tomar decisiones respecto a nuestra I+D+i, existe una especie de confusión entre quienes deben tomar decisiones y quienes las toman y deben llevarlas a la práctica.

– J. Mulet: “Ya lo he comentado en otras ocasiones. Aquí nos empeñamos en hablar de I+D+i, pero englobando los tres conceptos, algo que no sucede en el resto de países. Se emplea la I+D para obtener conocimiento y desarrollar tecnología; de acuerdo, pero la parte que puede asegurar la sostenibilidad del modelo es la más cercana al mercado (la de obtener dinero del conocimiento), por lo que no debería utilizarse una “i” pequeña sino otra “I” mayúscula, la de la innovación. Cuando se dice que se gasta poco en I+D, es verdad, y con toda seguridad habría que gastar más, pero lo más importante es que el conocimiento que está disponible se convierta en innovación”.

– P.A.M: Pero ahí están la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, de 1 de junio de 2011, y la Estrategia Española de Ciencia y Tecnología y de Innovación 2013-2020, por ejemplo, que contienen aspectos positivos para el desarrollo del sistema español de innovación, aunque hay diversos problemas políticos y económicos que dificultan su implementación.

– J. Mulet: “A ellos nos enfrentamos, y aquí surge un tema que en Cotec comentamos a diario. Al hablar de una política para ciencia, tecnología e innovación, es necesario tener muy definido qué tipo de política se quiere hacer y para qué. Una primera parte es lo que llamamos la política científica, concepto que se entiende bien. Y la política científica es simplemente poner dinero y trabajar en el proyecto de una forma regular para conseguir un objetivo; pero sin olvidar que habrá temas en los que se hayan puesto recursos desconociendo cuándo habrá un retorno.

En este sentido hemos logrado avances. Desde el año 1986 hasta la fecha, se ha puesto dinero, cantidades quizás no muy grandes, pero de forma razonable, y hemos conseguido ser el décimo país del mundo en número de publicaciones científicas de calidad. En resumen, desarrollar  la política científica no es muy complicado.

Pero cuando hablamos de hacer política tecnológica, la cosa se pone bastante más difícil, ya que la tecnología es rentable en la medida en que sea aplicable. El gran reto de la política tecnológica es generar técnicas para hacer cosas que son útiles y evitar las que no lo sean. Y esto ya es más complicado”.

– P.A.M: ¿Y qué opina respecto a la innovación?

– J. Mulet: “Si queremos hacer política de innovación, es todavía más complejo porque su fin es conseguir que se aproveche la tecnología disponible, tanto la generada en el país como la procedente del exterior, y esto conlleva exigencias educativas y culturales mucho más difíciles de controlar. Un buen ejemplo es la necesidad de aprovechar las TIC para la innovación de fondo de la innovación. En el año 2003 escribí un artículo donde subrayaba que la utilización de las TIC no es solo adquirir ordenadores, sino que es ponerlos a trabajar para que aumente la productividad total los factores.

Esta es la historia; no tiene más vueltas, y cuando hablamos de hacer políticas, hay que saber cuál es la más adecuada. La política científica no es complicada y la política de innovación sí lo es, pero es la imprescindible para nuestro bienestar social”.

– P.A.M: Bien, ¿pero cómo se incentiva a las empresas para poder hacer esto?

Presentación en Cotec de Juan Mulet– J. Mulet: “Está claro que el Gobierno puede facilitar que las empresas innoven. Ahora estamos todos hablando de políticas de `demanda´, contraponiéndolas a las de `oferta´, que  ayudaban a las empresas que generaban tecnología. Uno de sus instrumentos es la Compra Pública de Tecnología Innovadora (CPTI), con larga tradición en Estados Unidos, dónde se utiliza desde hace muchos años, especialmente en los departamentos de Defensa y Energía. Pero para hacer políticas públicas de demanda hay que contar con un comprador público convencido e incentivado para implicarse en  políticas de innovación. Así estará dispuesto a comprar algo que no existe todavía en el mercado pero que la tecnología disponible permite desarrollar; y todo ello para ofrecer un mejor servicio al ciudadano. Aquí hay iniciativas en diversos sectores y esperemos que se desarrolle pronto porque alrededor de un 16% de los Presupuestos Generales del Estado corresponden a compras públicas, y una pequeña parte de este presupuesto podría tener un efecto muy positivo en la innovación de nuestras empresas, si se aplicara a este instrumento de política de demanda”.

– P.A.M: Pero en cuanto a los empresarios, y dado el momento que vivimos, ¿qué percepción hay en este sentido? ¿Pérdida de competitividad? Recientemente, el historiador de economía Neill Ferguson recordaba a The Wall Street Journal que “China y el resto de Asia ya han asimilado buena parte de lo que hizo exitoso a Occidente, y ahora ellos lo hacen mejor”. Insiste en que “con el tiempo, cuando las compañías decidan dónde construir instalaciones de I+D, tendrá más y más sentido el hacer cosas como soporte para productos, mejoras y diseños de siguiente generación en el mismo lugar en el que se fabrica el producto”.

– J. Mulet: “Sobre la deslocalización de empresas, yo creo que es una tendencia que se ha reducido sensiblemente, porque la tecnología permite ya competir de otra manera. Una nueva manera en la que la formación y educación de los trabajadores tiene una extraordinaria importancia. Y en esto tenemos todavía indudables ventajas en Occidente. Hoy es posible fabricar a pequeña escala productos que satisfacen necesidades particulares de personas o pequeños nichos de mercado. En nuestros países tenemos la capacidad de detectar estas necesidades y de ofrecer directamente los productos y servicios que las satisfagan. El mercado mundial, con tasas de crecimiento elevadas, gran volatilidad y gustos rápidamente cambiantes, ofrece ahora esta oportunidad, que podrá devolvernos la industria, que será muy diferente de la que perdimos, y será muy exigente en innovación y preparación de unos trabajadores que, desgraciadamente, serán muchos menos que antes”.

– P.A.M: La pregunta sería entonces: ¿Soluciones que vayan más allá de una declaración de intenciones?

– J. Mulet: “Lo que se comienza a imponer, pero no sé hasta qué punto funcionará, es la implementación de fabricaciones muy adaptadas al nivel económico de los países desarrollados, lo que se conoce como `fabricación avanzada´. Es lo que los alemanes llaman la `industria 4.0´, término con el que definen la fábrica inteligente, es decir, una visión de la fabricación informatizada con todos los procesos interconectados a través de Internet de las Cosas (IoT), lo que conocemos como Internet Industrial de las Cosas (IIoT).

Digamos que, en un mundo que camina hacia la digitalización, las empresas dedicadas a la producción se enfrentan a un enorme desafío: es cada vez más importante fabricar más, con una mayor orientación a la demanda y de manera más flexible. Pero además (y tal vez sobre todo), el producto final no debe encarecerse. Así, esta `industria 4.0´ camina hacia la reindustrialización, que incluso algunos ya denominan `la cuarta revolución industrial´. Ahora bien, para poner en marcha esta política, debe disponerse de una buena estructura de investigación y desarrollo.

La idea es reducir las necesidades de ingeniería cada vez que se desee fabricar un producto adaptado a las necesidades específicas de un cliente o de un nicho de mercado. Para ello, será necesaria una concepción del producto que lo permita y que la fábrica pueda adaptarse a las nuevas necesidades. Esto exige constante innovación y un uso intensivo de las TIC para atender a la captura de las necesidades del cliente, para adaptar la  logística y para actuar sobre las máquinas, que deberán ser inteligentes. Y todo esto habrá que conseguirlo a un coste no mucho más alto que el de fabricación en serie”.

– P.A.M: ¿Optimista?

– J. Mulet: “Espero que el espíritu de innovación no se haya perdido con la crisis y podamos volver a la situación que teníamos en los últimos años de bonanza, en los que, de una forma callada, alcanzamos crecimientos de dos dígitos en el gasto empresarial de I+D. Durante esta crisis hemos podido comprobar que las empresas innovadoras la han resistido mucho mejor que las que no lo eran. Deseo que esto no se olvide cuando sea un verdadero hecho la reactivación económica.

    Print       Email

Sobre el autor

Tras casi 35 años posicionada como la principal revista económica especializada en gestión y management, y habida cuenta de los nuevos modos y necesidades de sus habituales lectores (directivos, emprendedores y empresarios en un 90% de los casos), NUEVA EMPRESA lleva apostando desde principios de 2009 por el mercado digital, convirtiendo la Web en el principal punto de nuestra estrategia, dejando la edición en papel exclusivamente destinada a números especiales sin una periodicidad estipulada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *