21 Octubre 2011por Antonio Flores, CEO de la consultora estratégica en innovación Loop Business Innovation y presidente de CN (Competititive Network) www.antoniflores.com
Página 1 de 2 de La sencillez de los productos que perduran y la tecnología

Antonio Flores
Me emociona la simpleza de una cuchara de acero inoxidable, admiro la decencia de un bolígrafo “Bic Cristal”, la pureza de la porcelana, la nitidez del vidrio o la elegancia de una bicicleta. No me fío de las cosas que pesan poco o brillan injustificadamente. Visitaré la Sagrada Familia de Gaudí y el Centro Guggenheim de Frank Gehry, pero a menudo me encontraréis dentro de una catedral románica, en el Pabellón de Mies Van der Rohe en Barcelona y disfrutando de la arquitectura de Álvaro Siza o Richard Meier. Estos días, tras la de la muerte de Steve Jobs, pienso en esto más que nunca.
Afortunadamente, la simplicidad no está reñida con la tecnología o la función. En los mercados de consumo, la tecnología por la tecnología no tiene futuro, al igual que las complejidades gratuitas; ambas son síntomas de falta de valor real, de debilidad conceptual. Lo “sencillo”, lo “simple” es sinónimo de evolución real de nuestra humanidad: cuanto más sencillo y simple conseguimos que sea algo, más carga acumulada de conocimiento humano necesita. Lo podemos encontrar en forma de observación social, tecnología aplicada, cultura adaptada e investigación científica. A mayor simplicidad, mayor conocimiento, mayor carga conceptual.
Siempre he defendido que los humanos no tenemos necesidades nuevas; lo que tenemos son muchas nuevas formas de satisfacer las necesidades de siempre. En ese sentido, la tecnología, las ciencias humanas y económicas nos alimentan de nuevo conocimiento y nutren el camino hacia una constante mejora en la satisfacción de las necesidades; y evolucionamos estas últimas generacionalmente para traspasarlas a las generaciones futuras.
Si hacemos un análisis, con cierta distancia, de la evolución que como humanos tenemos a nivel general y en el consumo en particular, observaremos que llevamos registrado en nuestro cerebro el concepto de economía del esfuerzo: la energía siempre ha sido para la humanidad lo más costoso de obtener y mantener.
Lo que nos sobrevive y perdura como humanos es aquello que tiene una carga de conocimiento, eficiencia y mejora continua en el tiempo. Difícilmente construimos algo nuevo de cero, sino que siempre lo hacemos a partir de una plataforma que heredamos generacionalmente; nuestra misión consiste en recepcionarla y hacerla evolucionar adaptándola al conocimiento y circunstancias de nuestra generación, para dejarla de nuevo como herencia a las generaciones futuras y someterlas a un nuevo “loop” evolutivo; siempre aportando mayor eficiencia.
Es interesante observar este concepto de herencia del conocimiento en productos que han sobrevivido en su esencia al paso del tiempo: la bicicleta, los barcos de vela, los productos de escritura, etc. Todos ellos han conservado su esencia original, que podemos reconocer desde su momento fundacional, si bien, con el transcurso del tiempo, han ido evolucionando morfológicamente en una combinación de sofisticación tecnológica y simplicidad funcional. No les reconocemos autoría concreta; forman parte del patrimonio que como humanos formamos.
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