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Flexibilidad cognitiva en el desempeño profesional

Por   /   2 julio, 2018  /   Sin Comentarios

Por José Enebral Fernández, Consultor senior.

 

Quizá asociamos la flexibilidad personal más con lo volitivo que con lo cognitivo, mientras pensamos, por ejemplo, en la disposición a ceder en una negociación, y adaptarnos a nuevas condiciones o exigencias. Sin duda hemos de mostrarnos flexibles en las relaciones con los demás y ágiles en el control de la voluntad, lejos de la pertinacia u obstinación; pero el lado más cognitivo de la flexibilidad demanda atención creciente. Flexibilidad de conocimiento, de PixabaySe diría que la flexibilidad cognitiva constituye una meta-competencia precisa para encarar los retos profesionales de este siglo; que supone una cotidiana exigencia característica de nuestro tiempo, como señala el Foro de Davos.

El término “flexibilidad cognitiva” emerge, sí, dentro del bloque de fortalezas a desarrollar de modo especial, y cabe preguntarse a qué nos referimos con este concepto en el contexto del desempeño profesional.

Parece ciertamente oportuno abordar un amplio despliegue semántico de este nuevo “buzzword”, porque son diversas las situaciones que al respecto nos ponen a prueba. Sin embargo, antes de abordar la reflexión sobre la flexibilidad, detengámonos unos párrafos en el adjetivo acompañante, en lo cognitivo, en el funcionamiento habitual de nuestra cogitación; porque cabe, sí, autocrítica isagógica. Antes de proponernos cultivar la conmutación mental, tomemos buena conciencia de que hemos de manejar mejor el pensamiento (una medida de nuestro desarrollo) en cada uso cotidiano.

El pensamiento nuestro de cada día

Diríase que, en general, no pensamos suficientemente bien los asuntos que manejamos, incluso aunque podamos concentrarnos en ellos sin prisas por pasar a otros. Ocurre a veces que nos dejamos arrastrar por los primeros pensamientos, por lo establecido, por la corriente envolvente, por lo que se hace en el entorno. Renunciamos, en suma, a explotar nuestra condición de individuos pensantes; parece imperar a menudo en nosotros una especie de ley del mínimo esfuerzo cognitivo, y acaso por ello resulta demasiado sencillo manipularnos, instrumentalizarnos, adoctrinarnos.

No, no cabrá generalizar a tope, pero sí hemos de tomar mayor conciencia de esta inquietante realidad en muchos de nosotros. Lo decía, entre otros, Henry Ford: “Pensar es el trabajo más duro que existe; quizá por eso son tan pocos los que lo practican”. En ocasiones nos equivocamos, por ejemplo, al interpretar hechos, elaborar juicios, llegar a conclusiones, jerarquizar conceptos, esgrimir argumentos, establecer analogías y, desde luego, al tomar decisiones. También sucede que incurrimos en vicios arraigados: estrechez de miras, subjetividad, precipitación, desatención a las consecuencias de lo que hacemos o decimos, falta de concentración en cada tema enfocado, resistencia a reconocer errores, bloqueo mental ante cualquier contratiempo, tendencia a validar conjeturas, o inclinación a aceptar, irreflexivamente y en pleno imperio de la posverdad, lo que leemos o escuchamos. Si pertenecemos a un grupo, a un colectivo, fácilmente incurrimos además en el sociocentrismo, en la autorreferencialidad. Todo ello entre otras posibles disfunciones y algunos despropósitos.

Tal vez lo anterior rezume algo de pesimismo, pero se ha de evitar que la calidad en el pensar parezca excepcional. Como ya decía Marco Aurelio, “la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. En definitiva y al respecto, hemos de examinar la conciencia y hacer propósito de enmienda. Claro, puede que (recordemos la educación recibida) en no pocos casos hayamos sido educados más para obedecer que para pensar; más para ajustarnos a un patrón de pensamiento, que para pensar con precisión por nosotros mismos, a partir de información seleccionada con actitud sintópica.

La sociedad ha avanzado en la educación, aunque esta sigue resultando bastante perfectible: se habría de progresar más en diferentes dimensiones, incluido el cultivo de nuestro pensamiento conceptual, analítico, sintético, inferencial, panorámico, preventivo, empático, emotivo, argumentativo, conectivo, sistémico, creativo, inquisitivo, exploratorio…, sin olvidar la cardinal importancia de la objetividad en la percepción de realidades. Se habla mucho, sí, del “pensamiento crítico” (rigurosa forma, como es sabido, de llegar, o aproximarnos, a las conclusiones más objetivas y acertadas, a pesar de influencias y obstáculos), y sin duda se ha de subrayar lo “crítico” del pensamiento.

Pero extendamos el examen de conciencia. En el trabajo, y sin ser muy conscientes de ello, a veces encaramos los asuntos con cierta obstrucción mental, realidad ésta de compleja “etiología”. Seguimos a ciegas (pretiriendo el sentido común) el patrón o protocolo general establecido, adulteramos conceptos a conveniencia, relativizamos las metas a mitad del camino, pensamos más en el informe final que en los resultados perseguidos, nos engañamos para eludir las buenas prácticas, nos engañamos también a nosotros mismos para neutralizar ruidos en la conciencia profesional, desconocemos la ayuda cardinal de la intuición genuina y tomamos más decisiones por cansancio que por consenso.

No, no acaba ahí la cosa: prolongamos discusiones en vano, buscamos información con sesgos previos (subordinando la verdad a nuestro interés), nos bloqueamos ante la aparición de imprevistos… Una cierta compunción (dolor de los pecados) podría caber al respecto, pero no parece que nos inquietemos mucho; no parece que emerja el propósito de enmienda. Verdaderamente y en general, pensamos poco y mal, incluso cuando resulta más trascendente hacerlo bien.

De modo que, si tenemos una asignatura pendiente en la flexibilidad cognitiva, antes de eso la tenemos en la propia cogitación. Hemos de pensar mejor las cosas y luego, si la ocasión lo demanda, conmutar hacia otros temas; o acaso contemplar el mismo asunto desde otras posiciones de observación; o tal vez llegar incluso a renovar nuestra mentalidad, nuestros supuestos, nuestra escala de valores; o quizá alternar continuamente nuestros algoritmos racionales. Sí, lo de la flexibilidad cognitiva es complejo: vamos allá.

Primera manifestación de la flexibilidad cognitiva: conmutación mental

Para una primera manifestación típica, aproximaríamos la flexibilidad a, coloquialmente dicho, poder tener varias cosas en la cabeza y pasar con agilidad la atención de una a otra: una conmutación rápida. Parece en verdad deseable, aunque también se nos ocurre ya una cierta excepción: la de los más creativos (incluidos los investigadores) en los diferentes campos, que a menudo se nos muestran concentrados en un particular asunto (del que no siempre es fácil sacarlos), al que se entregan para alcanzar resultados especialmente valiosos.

Diríase empero que a muchos de nosotros se nos pide gestionar de modo idóneo el espacio de la conciencia, con periódicas entradas y salidas. Allí podrán coexistir varios asuntos-temas, y hasta hemos de dejar hueco para lo imprevisto que demande atención inmediata. Desde luego es fácil que, en nuestro desempeño habitual, debamos encarar tareas diferentes a la vez; incluso llevar varias “gorras” y quizá alternarlas a menudo.

Tradicionalmente, los directivos han tenido que pasar de un asunto a otro con agilidad y hasta tomar decisiones sobre la marcha, lo que viene suponiendo una suerte de hiperactividad mental a veces agotadora; por eso no sorprende que los cambios culturales que surgieron en las organizaciones en el escenario finisecular apuntaran al “empowerment”. Se tiene, sí, por más inteligentes a las organizaciones en que las decisiones se toman al nivel más bajo posible, sin arriesgar el acierto. En sintonía con este postulado, buena parte de los “knowledge workers” de nuestro tiempo se encargan de proyectos de cierta complejidad y han de darse a la conmutación mental.

Segunda manifestación de la flexibilidad cognitiva: polivalencia

Si en el punto anterior señalábamos a una conmutación rápida, ahora lo hacemos a otra asíncrona, espaciada; a una suerte de polivalencia o versatilidad. Pensamos, sí, en la capacidad de amoldarse a diferentes situaciones y puestos; en la disposición y capacidad de adaptarse a los cambios precisos en las organizaciones, tanto de carácter técnico como cultural. Se trata de cambios inexcusables, para nutrir la competitividad y prosperidad, y que las personas han aceptar y aun catalizar. En muchos casos estos cambios funcionales son frecuentes, diríase que continuos, y demandan mentalidades abiertas y flexibles.

Ya desde la llegada de las novedades técnicas y culturales de las últimas décadas del siglo XX, se han venido percibiendo resistencias al cambio. En realidad y como ya apuntaba Maquiavelo, la resistencia al cambio parece una constante entre quienes se sentían favorecidos en la situación anterior, y las novedades sólo suelen encontrar defensa entre quienes piensan que van a sentirse beneficiados.

En la aludida resistencia podría haber algo más que rigidez cognitiva: también acaso apego al confort, defensa de privilegios o ventajas, falta de compromiso con el futuro compartido… Las causas son diversas al resistirnos, pero surgen muchos cambios inexcusables, y aun urgentes, en los tiempos que corren; tiempos que nos demandan, sí, una idónea actitud facilitadora; que nos demandan flexibilidad volitiva y cognitiva.

En realidad (tal vez resulte oportuno aclararlo), no sugerimos sinonimia entre versatilidad y polivalencia. La primera, mucho de actitud, contribuye a la segunda, que apunta más a una capacidad múltiple, fruto de la formación. Diríase que ambas se realimentan, sí; y acaso por eso se manejan a veces indistintamente estos conceptos. La cuestión es que debemos estar dispuestos-preparados para cambiar de tarea o puesto (incluso de trabajo); de hecho, las empresas suelen rotar a las personas, en beneficio de su desarrollo en estas dimensiones.

Tercera manifestación de la flexibilidad cognitiva: nuestro discurso

Apuntemos ahora a la conversación, a la comunicación, a los mensajes que dirigimos a los demás. Cuando hablamos o escribimos, hemos de pensar en los destinatarios y hacerlo con suficiente dosis de empatía cognitiva. Asimismo y ante unos interlocutores ocasionales, acaso inesperados, habríamos de modular nuestro mensaje y lenguaje tras la deseada sintonía. Además, cada tema de conversación puede ser contemplado desde perspectivas diversas y bueno parece tenerlas en cuenta, aunque la nuestra fuere una muy específica.

Se nos pediría, sí, que pensemos en cada destinatario al dirigirle cada mensaje; que este resulte apropiado y proporcionado; que no nos empeñemos en llevar razón o exhibir supremacía dialéctica; que evitemos alimentar discusiones contraproducentes; que en modo alguno pensemos que la gente es tonta; que no hagamos a nadie “comulgar con ruedas de molino” ni de camión; que atendamos, en suma, a las circunstancias y expectativas de aquellos a quienes nos dirigimos. Sí, que en ocasiones nos mordamos la lengua; que seamos idóneamente asertivos en su caso, sin resultar impositivos.

Cuarta manifestación de la flexibilidad cognitiva: la escucha atenta y paciente

Se viene admitiendo que no escuchamos con suficiente atención o interés, que simplemente esperamos el turno para decir lo que queremos. Es verdad que quien habla debe hacerlo con claridad y concisión, sin extenderse más de lo preciso; pero nosotros hemos de esforzarnos en recibir su mensaje. Comprender a los demás (su punto de vista, su inquietud, su argumentación, por muy distinta o distante que nos resulte) forma parte, sin duda, de la flexibilidad cognitiva a que nos referimos. No se nos exige que demos por positivo y acertado todo lo que escuchamos, sino que estemos abiertos a entender, comprender, dialogar. Se nos demanda una mayor paciencia y sensibilidad ante las ideas, inquietudes y opiniones de los demás.

Claro, hay personas que se cierran ante las posiciones de los demás, obsesionados por las suyas propias; personas seguras de que las cosas son como ellas las ven y con las que no cabe el diálogo. Procuremos no ser así. Incluso hay personas que se empeñan en contarnos cosas que no nos interesan y que además lo hacen repitiéndose mucho; Flexibilidad de percepción, de Pixabaypersonas que acaban consiguiendo que los demás las rehúyan (tendríamos que tratar de cortarles el discurso o acabar evitándolas, sí). E igualmente, procuremos no convertirnos en una de ellas.

Y, volviendo a relaciones normales, no se nos olvide la escucha intuitiva, la que hemos de desplegar cuando nos hablan los gestos, la mirada, la situación; o cuando hay mensajes entre líneas. Aquí se podría fundir la empatía cognitiva con la afectiva, incluso aunque estemos ante desconocidos. En efecto y en suma, esta otra manifestación de la flexibilidad cognitiva nos movería a ser más receptivos y empáticos; a captar e interpretar evidencias e indicios, como igualmente sutilezas o alusiones; a ampliar nuestros horizontes, a “estirarlos”.

Quinta manifestación de la flexibilidad cognitiva: un cierto contorsionismo

Situémonos ahora en nuestras reflexiones en solitario y vayamos al meollo de la flexibilidad cognitiva: hemos de razonar e intuir, analizar y sintetizar, deducir e inducir, perseverar y desistir, conectar y desconectar; hemos de mostrarnos audaces y prudentes, autoconfiados y autocríticos, preactivos-reactivos-proactivos; hemos de distinguir entre sospechas y certezas, recuerdos e imaginaciones. Y también hemos de considerar ventajas e inconvenientes, causas y consecuencias, diferentes perspectivas, alternativas posibles…

Y hemos de atender tanto a lo general como a los detalles, tanto a las tareas como a los objetivos. Y asimismo debemos mantener la “frescura” mental ante el estrés, la presión, la adversidad, la urgencia, la paradoja, la confusión. Esta quinta lectura apuntaría, por tanto y bien lejos de la rigidez, a la plenitud y agilidad cognitiva; a un gobierno intenso y ágil del pensamiento en beneficio de los resultados.

Los mejores pensadores de esta quinta manifestación vendrían a representar la quintaesencia del pensamiento ágil en el desempeño cotidiano del trabajo intelectual. Podrían, desde luego, lucir bien cada uno de los seis coloreados sombreros de Edward De Bono: pasar, por ejemplo, del optimismo al realismo, de lo convergente a lo divergente, de lo emocional a lo más objetivo… En estas personas, la flexibilidad cognitiva llegaría a percibirse como contorsionismo bien entendido (ajeno, claro, al “escapismo”, el “funambulismo”, la volubilidad, la inconstancia, la irresolución, la ductilidad, el maquiavelismo o, simplemente, el mareo de la perdiz); contorsionismo materializado en la idónea adaptación a realidades inesperadas, en el obstaculizado avance por caminos sinuosos e intrincados, en el escrutinio de circundantes mentes complicadas y mensajes cifrados, en la novedosa y efectiva solución de problemas complejos (sin crear otros).

No podemos asegurar que la quinta manifestación contribuya de modo decisivo al logro de la sexta felicidad, ni la ubicamos en el séptimo cielo; pero sí creemos que vale la pena aspirar a ser cognitivamente potentes, flexibles, ágiles, panorámicos, penetrantes. Seguro que vale la pena (si el lector asiente), en la medida en que pretendamos protagonizar nuestro trabajo y nuestra vida. Seamos, sí, buenos pensadores críticos, pero también flexibles en lo volitivo y lo cognitivo.

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Sobre el autor

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