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Opinión

Hablar en público: la importancia de saber acaparar la audiencia

Si no ganamos la atención de quienes nos escuchan puede decirse que no hay comunicación, algo especialmente lamentable cuando hablamos en público y lo hacemos con sólidos propósitos.

10 Diciembre 2010por José Enebral, Consultor de Nordkom (jose.enebral@nordkom.es)

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José Enebral

José Enebral

Y hay personas, directivos y profesionales técnicos que muestran gran habilidad al respecto; pero igualmente otras ante quienes la audiencia no tarda en desconectar.

Quizá no nos pondríamos totalmente de acuerdo al definir las habilidades específicas de comunicación de quienes hablan en público (tarea muy frecuente en el mundo empresarial) y consiguen atraer y retener la atención, y hasta despertar el interés de la audiencia. Y en esa línea, parece que el hecho de evidenciar plena confianza en lo transmitido constituye un primer elemento determinante, porque, cuando se habla sin seguridad o convicción, la audiencia se desconecta.

En cualquier caso, el éxito de quien habla en público depende en buena medida del tema abordado y de los mensajes enviados, y aun de la propia audiencia; pero, especialmente, depende de las habilidades sociales y de los conocimientos e inteligencia que despliega el que habla.

En el mundo empresarial, los temas y mensajes son seguramente los que son, la audiencia es la que es y el hablante trata, con o sin éxito, de nutrir la atención y el interés (ganar el asentimiento) ayudándose, sólo cuando procede, de anécdotas, metáforas o digresiones. Pero la audiencia parece valorar la convicción, la fe en lo que se dice, e incluso un punto de pasión y otras emociones positivas.

Podríamos distinguir en las empresas entre quienes, sin asomo alguno de petulancia o arrogancia, transmiten seguridad y confianza en lo que dicen, y entre quienes (probablemente minoría) transmiten, por alguna razón, mensajes en los que ellos mismos no parecen creer del todo. Desde luego, el hablante puede resultar muy hábil (es discutible el valor de esta habilidad) en mostrar una convicción que no siente; pero en verdad se dan ocasiones en que se evidencia la falta de seguridad o sinceridad, y en éstas la audiencia se desconecta.

Hace años, en una compañía con la que colaboré y ahora ya desaparecida, hubo una encuesta de satisfacción de las personas y los resultados fueron malos, peores que los de la encuesta anterior. Los ejecutivos se tomaron unos diez o quince días para analizarlos, y convocaron entonces a la plantilla a una jornada de comunicación en que mostrarían sus conclusiones.

Pude asistir a unas manifestaciones de la Dirección que me parecieron desafortunadas: se venía a sostener que los trabajadores eran responsables de su declarada insatisfacción, y se proponían acciones de mejora (horarios más flexibles, etc.) que poco o nada tenían que ver con lo expresado en las encuestas. Además, los directivos dispusieron que no se hicieran preguntas durante las intervenciones, sino sólo al final del día y por escrito. Pero el peor papel recayó en uno de los directivos, que no podía creerse lo que se veía obligado a decir, aunque trataba de hacerlo con cierta seguridad. Los trabajadores hablaron luego de evidente “cinismo corporativo”.

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