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Pensamiento crítico, fortaleza cardinal

Por   /   15 noviembre, 2019  /   Sin Comentarios

Por José Enebral Fernández, Consultor senior.

 

Hace unos 20 años, en interesante jornada sobre la inteligencia emocional organizada por la Asociación para el Progreso de la Dirección, uno de los ponentes apuntaba buena dosis de sinonimia entre esta inteligencia y el liderazgo. Cabía empero pensarse que tan personal cualidad era muy deseable en todos, fuéramos líderes o seguidores.

Hace menos tiempo, solo unos pocos años, en Davos se destacaba la creciente demanda de pensamiento crítico en nuestro desempeño profesional. Y uno pensó entonces que esta necesidad abarcaba tanto al ejercicio del liderazgo como al de un seguimiento “moderno” alejado del seguidismo.

Bueno, pensé que en realidad nos abarcaba a todos; que todos habríamos de alinear el pensamiento crítico con nuestro desarrollo personal, y hacerlo desde la etapa curricular. No podríamos sentirnos desarrollados si pensáramos de modo acrítico, con ligereza, con superficialidad, marcadamente influidos por otros y cediendo en el protagonismo de nosotros mismos. Pensamiento crítico, de pixabayPor extender un poco más la obviedad, todavía parece vigente aquello de que en la educación no deberían decirnos qué pensar, sino enseñarnos a hacerlo.

Pensamiento crítico… Quizá muchos de nosotros topamos con la correspondiente corriente de inquietud (“critical thinking movement”) en torno al cambio de siglo, al poco de hacerlo con otro movimiento en curso, el “information literacy movement”. Así como parecía que a veces se fundía-confundía la destreza informacional con la pericia informática, también se leía el pensamiento crítico de diferentes maneras, y la polisemia parecía esconder lo más genuino de este modo de pensar.

Todavía hoy se puede preguntar por el pensamiento crítico y observar que no faltan quienes lo relacionan con cierta “vigilancia” en busca de fallos y errores, con la tendencia a juzgar o evaluar (sea favorable o desfavorablemente), con la inclinación a pensar mucho las cosas y cuestionarlas, con la agudeza en el análisis de la actualidad, con un escepticismo de corte “científico”…

No, quizá no todos estamos suficientemente “iniciados” en el constructo, y hasta parece detectarse alguna dosis de prevención al mencionar el término. Prevención parece surgir, por cierto, tanto cuando nos alejamos del significado (el atribuido por los expertos de la corriente, es decir, psicólogos, filósofos, educadores) como cuando lo tenemos en mente.

Eso sí, al respecto de la prevención, podemos convenir, por ejemplo acaso digresivo, en que no faltan líderes religiosos que prefieren en los fieles un pensamiento acrítico, entregado, obsecuente ante la particular retórica clerical; un pensamiento que no se compadece con la dignidad del ser humano. En esa línea, tal vez las autoridades religiosas habrían de contar en mayor medida con la reflexión crítica de los fieles, con su autonomía de conciencia. Sí, quizá todos habríamos de valorar más la inteligencia que la obediencia, como cabe suponer que ocurre, volviendo a nuestro mundo empresarial, en la economía del saber y el innovar.

Pero recordemos ya, si el lector asiente y por sintonizar la reflexión, que la fortaleza que nos ocupa viene a suponer un esmerado pensamiento lógico, analítico, sintético, conceptual, conectivo, inferencial, creativo, prospectivo, sistémico, inquisitivo, argumentativo…; un pensamiento que se enriquece con “virtudes” (entendidas cognitivamente y destacadas por Richard Paul) tales como la subordinación a la verdad y la razón, el respeto a los demás, la humildad, la empatía, la entereza, la autonomía, la perseverancia o la imparcialidad.

Más concretamente, se nos señala que la mente del pensador crítico es abierta, que sus razonamientos son confiables, que se informa debidamente (sin limitarse a aquello que avala sus posiciones o favorece sus intereses), que denota agudeza y penetración en los asuntos, que duda y se asegura antes de llegar a certezas, que evalúa con acierto propuestas y argumentos, que cuida sus inferencias y juicios…

En cualquier caso, el pensador crítico no es negativo, sino explorador tras la verdad, a la que persigue con perseverancia, perspectiva y sagacidad; no va tras culpables, sino que analiza causas y consecuencias; no se queda sólo con aquello que consolida sus juicios, sino que atiende a la información disponible y la contrasta; no ignora sus prejuicios y fijaciones, sino que toma conciencia con afán de objetividad; no se precipita en sus inferencias, sino que las lentifica y asegura; no se muestra terco e inflexible, sino comedido, razonable, abierto. Con todo, por prudencia y humildad, no se arroga la posesión de la verdad o la razón.

De esa manera, el mejor pensador crítico no argumenta con ligereza, no adultera conceptos, no reduce las cosas a falsos dilemas, no atribuye a los demás posiciones u opiniones en falso, no renuncia al sentido común cuando consulta los procedimientos o protocolos, no fuerza conexiones y analogías, no persigue la supremacía dialéctica sino la verdad, no da en falso por concluidas las tareas o por solucionados los problemas, no prolonga discusiones inútiles o ya agotadas, no se aferra a los errores, no trabaja pensando en el informe final sino en los resultados, no crea nuevos problemas al resolver los existentes.

Nos situamos así en el campo de lo cognitivo, pero también en el de las actitudes y aun en el de las virtudes; estamos ante un pensamiento de calidad, necesario en el permanente aprendizaje, en la solución de problemas, en la toma de decisiones y, en general, en nuestra actuación cotidiana. Sí, el pensador crítico no es perfecto, sino perfectible en su cogitación, pero se aplica un sensible autocontrol de calidad.

De modo que, si apostáramos por dar un acelerón a nuestro crecimiento personal, serían muchas las fortalezas a contemplar, como también sus sinergias y parentescos; pero en modo alguno podríamos preterir el pensamiento crítico bien entendido por cardinal, por inexcusable, por diferenciador.

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Sobre el autor

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